06.04.2017 |

Un proyecto “competente en el país y en el mundo”

El Ing. Manuel Vega participó de los comienzos de la FIUM. 20 años después, contó la historia inacabada de la facultad en donde han recibido la toga y el birrete casi 400 ingenieros

Manuel Vega llegó a Uruguay en 1969 desde España. Tenía 26 años y el título de Ingeniero Industrial por la Universidad del País Vasco, Bilbao.  Unos años después, cuando trabajaba de jefe de planta en la empresa dedicada a la fundición de piezas de hierro y acero Tubacero, uno de los directores de la UM le propuso formar parte del equipo que comenzaría la Facultad de Ingeniería (FIUM).

“¿Por qué me lo propusieron? No lo sé”, afirmó en la cantina de la actual sede de la FIUM en la avenida Ponce. “Pero te puedo decir algunos antecedentes que pienso que sirvieron”, agregó. Mencionó su experiencia como docente universitario: dio clases durante cuatro años en la Facultad de Ingeniería de la Universidad de la República y también ejerció la docencia en la Carrera de Ingeniería Metalúrgica en la Universidad Mayor de San Andrés de La Paz, Bolivia.

A esto se sumaba la actividad fabril de décadas y la experiencia en actividades de gestión, está última en dos ámbitos: uno relacionado a la Ingeniería y otro al mundo universitario. Había sido jefe de planta en Tubacero desde hacía más de 10 años. “En la fábrica pasé años difíciles: economía de guerra. Fueron años en los que se perdieron muchos puestos de trabajo en Uruguay, con lo cual había que ser luchador”.

Además, antes de llegar al país, entre los 20 y 26 años, se había desempeñado como director del Colegio Mayor Universitario Abando —una residencia para estudiantes vinculado a una universidad— en donde vivían alrededor de 60 residentes. “Pienso que quizá esos factores pudieron ayudar. Yo, de comenzar facultades no tenía ni idea”.

Aceptó la propuesta, pero pidió tiempo para organizar la fábrica. Durante los siguientes años, combinó ambas actividades hasta que finalmente se dedicó exclusivamente a la FIUM.

“Un baño de inmersión”

Antes de comenzar las clases de la primera generación, la empresa de Ingeniería IDOM, con la que tenía relación, lo invitó a la sede central en Bilbao. Contó que, con la futura Facultad de Ingeniería en la cabeza, pensó “¿Qué hay que hacer? Pues, vamos a buscar a alguien que sepa”. Así, antes de volar a España, se contactó con ingenieros que había conocido cuando estudiaba en el País Vasco, y que ahora trabajaban en Tecnun, la Escuela Superior de Ingenieros de la Universidad de Navarra (UNAV).

«Fui un día a tomar contacto, me recibieron muy bien, pero en un día no se podía hacer mucho. Pero sí hice algo importante para la facultad ese día. Les dije: “Yo empiezo esto y voy a buscar alguien en quien apoyarme pero quisiera que, antes de empezar, se viniera aquí un semestre. Lo que quiero es que viva la facultad, que vea cómo es”».

Vega aterrizó de vuelta en Montevideo el domingo 30 de marzo de 1997. El lunes 31, comenzaron las clases. La primera generación estaba compuesta por doce estudiantes: siete aspirantes a ingenieros industriales y cinco, a civiles. La sede física era donde actualmente se encuentra el rectorado, en la sede de Prudencio de Pena. “Me parece recordar —y en esto hay opiniones discordantes, pero lo que me parece recordar— es que la primera clase empezó a las 8 de la mañana con la materia Geometría y Álgebra Lineal I, con el profesor Alfredo Piria, o bien el Dr. Fernando Requena con la materia Introducción a la Administración”.

El Ing. Alberto Ponce era el decano y Vega, el vicedecano. En cuanto a docentes de los primeros tiempos, recordó al profesor Herrera, que daba Matemáticas; al Ing. Eduardo Álvarez Mazza, titular de Introducción a la Ingeniería; al Ing. Eduardo Carozo, encargado de Física; a la química María Carmen García que dictaba la materia de Química; al Ing. Fernando Castro, profesor de Informática; al Dr. Fernando Requena en Introducción a la Administración, y a la Psic. Marianela Ciompi que dictaba un breve curso sobre Metodología del Estudio Universitario.

Para cumplir el rol de aprender la forma de trabajo de Tecnun, Vega eligió a un ingeniero que había sido alumno suyo en la Universidad de la República: Pablo Ortega. Estaba viviendo en Argentina, pero eso no fue impedimento. Viajó a Bs. As. y le propuso formar parte de la FIUM. «Él me dijo que sí, pero yo le dije: “Te pongo una condición, tu no pisas la UM hasta que no te pases seis meses en Tecnun. Primero te pegas un baño de inmersión”».

Ortega viajó a San Sebastián. “Y eso fue una gran cosa. Porque hay que estar en las oficinas, en los pasillos. Y luego, sobre todo, hizo muchos amigos. Y habilitó una cosa que yo quisiera consignarla. Como en la UM existe la posibilidad de cursar semestres en universidades del exterior, Pablo puso mucho empeño en conseguir que aceptaran a un grupo de la primera generación, y fueran allí a hacer un semestre”.

Así, cinco estudiantes de la primera generación de la FIUM se convirtieron en los primeros alumnos de la UM en hacer un intercambio fuera del país. Viajaron en el octavo o noveno semestre de la carrera y se incorporaron a las materias y laboratorios de Tecnun. “Iban a estar en clase con españoles, franceses, holandeses, ingleses, etc. Era una ventana al mundo y era verdaderamente un examen internacional de la preparación que estábamos dando a los alumnos”, afirmó Vega.

Ortega seguía mucho a los estudiantes personalmente y escribía desde Uruguay a los directivos y docentes que había conocido en Tecnun: “¿Qué tal los muchachos?”. “Y las impresiones eran muy buenas. Y los vascos, en general, hablan claro. No lo decían para dorar la píldora”.

A fin del semestre, Vega viajó a San Sebastián para presenciar algunos de los exámenes de los uruguayos. De ese viaje, recuerda haber hablado con un profesor inglés que les daba —en inglés— clases sobre programación de robots. «Y el tipo estaba encantado: “Los uruguayos fenómenos, porque además saben mejor inglés, entonces me siguen las clases”».

Entre las pruebas en las que estuvo presente Vega, una consistió en la construcción de una máquina para expender bebidas: café, cocoa, té. “Y lo lograron con nota de 12. Made in Uruguay. Era el esqueleto, pero en el examen se hicieron pruebas del funcionamiento: salía agua caliente, salía cocoa o te o café, tomaba el vaso, como las máquinas de ahora”.

En esa época surgió con Tecnun “no un convenio, sino una cierta alianza estratégica”. La Escuela Superior de Ingenieros de la Universidad de Navarra era una Facultad consolidada, tenía una carga muy fuerte de investigación, tenía importantes contratos con empresas del Pais Vasco y de otras regiones. El modelo enseñanza - investigación lo habían conseguido luego de 30 años de funcionamiento. “Lo cual, en el mundo de las universidades, es algo muy poco visto”, aseguró Vega.

La alianza consistió en permitir a estudiantes, con vocación docente de la UM, investigar en Tecnun y becarlos para que pudieran hacer un doctorado en Ingeniería participando en algunos proyectos. Así, en estos años, son casi una decena los graduados de la FIUM que han alcanzado el doctorado en San Sebastián, además de otros que lo han podido hacer en otras universidades. El ex alumno y actual profesor Adrián Santilli se convirtió en el doctor más joven de la Escuela Superior de Ingenieros de la UNAV.

Vega explicó que, como cualquier otra facultad, la FIUM quiere que sus delegados aprovechen el tiempo en el exterior, dando lo mejor de sí y aportando valor a la universidad que les concede la posibilidad de estudiar en sus aulas. “¿A qué te refiero con eso? A una cosa más profunda, que es saber que detrás de una persona hay una institución”.

Por esa razón —y porque como explicó el entrevistado, los vascos, en general, hablan claro— Vega se reunía con los candidatos a estudiar en Tecnun antes del viaje y les decía: “Te puede pasar esto y esto, tienes que hacer esto y esto. No pretendas vivir como los españoles, porque la beca no te da para eso. Entonces si pierdes el tiempo, suspendemos la beca”.

Los primeros años

A mitad de semestre de 1997, se incorporaron a la FIUM cuatro nuevos estudiantes. Sobre el primer día de clases del 98, dijo: “No tenía ni idea cuántos alumnos íbamos a tener ese año”. Ese día, comenzaron unos 25 en primero. “La respuesta fue buena y empezamos a seguir, y seguir”.

Al comienzo, se encargaba de muchas cosas y se apoyó en algunos profesores y en Bedelía, con Daniela Paseyro y Cecilia Varela, que hoy siguen trabajando en la UM. En especial, habló de Pablo Ortega, que trabajó en los cimientos de la FIUM y falleció, siendo joven, de cáncer. “Le daba consejos a los alumnos, los ayudaba. Hablaba con todos, su despacho era como el paño de lágrimas. Y lo hacía muy bien. Lo querían muchísimo”.

Vega contó algunas estrategias que intentó seguir desde los comienzos. La primera de ellas, que los profesores dieran clases durante el primer y segundo semestre, para poder conocerlos mejor y para que vieran a los alumnos todo el año. La segunda, seguir muy de cerca los resultados: el nivel de aprobación, los motivos de que algunos no llegaran al nivel de suficiencia, la metodología de las materias y exámenes, y que fueran adecuados a la formación de ingenieros.

Otro objetivo era conseguir que los profesores fueran muy buenos en sus áreas, pero que además supieran adaptarlas a los estudiantes que tenían delante: “Un error que a veces sucede es que quieres enseñar matemáticas y buscas a uno que sepa muchas matemáticas, pero no te das cuenta de que el tipo tiene que enseñar matemáticas para ingenieros, que no es lo mismo. No es que sea distinta, sino que la amplitud de la matemática no es tan al detalle, hay detalles que en la práctica ingenieril no son relevantes. Entonces, ese fue un caballo de batalla”.

Otra meta fue buscar que los docentes con capacitación de doctorado o que, sin tenerla, tenían un excelente nivel, dieran clases en los primeros años. «Porque eso yo lo había aprendido en otras universidades. Existe la tendencia a pensar: “A los de primero, que les de clase este estudiante, que ya sabe”. Y eso es un error. Tiene que ser gente de peso. Sabía de universidades en donde el rector daba clase a los de primero».

La FIUM cumplió 20 años de clases el 31 de marzo. En este tiempo, se han graduado casi 400 ingenieros de distintos departamentos de Uruguay. En la cantina de la actual sede de la facultad, la entrevista llega a su fin y Vega concluye: “¿Qué puedo decir? Un gran agradecimiento a aquellos que confiaron en nosotros, en que íbamos a hacer una cosa, pues… bien, competente en el país y en el mundo”.